Mildred Largaespada

Dialogando con Elena Salamanca

In Centroamérica, Comunicación, Feminismo, Maternidad, Mujeres, Periodismo, Política, Solidaridad on 11 marzo, 2016 at 7:37 pm
Elena Salamanca

Toma de pantalla del blog de Elena Salamanca en el El Faro, periódico de El Salvador.

Por Mildred Largaespada

Potente texto, éste de Elena Salamanca -quizá el más íntimo y honesto que leí de los que se publicaron durante el día de la mujer. Lo leí mientras cruzaba el océano Atlántico a 40 mil pies de altura, sentí una turbulencia y sabía que no era del avión sino mía, estremecida por la entrega de la autora. Cuando una autora se abre y lo da todo los lectores sentimos turbulencias, estremecimientos. Y platicamos con ellas, en el aire, con la imaginación.

Salamanca es salvadoreña, poeta, ensayista, bloguera, tuitera, avanza un doctorado en el Colegio de México.

Redactó para su artículo un título provocador: “Bruja, puta, gorda, malcogida” (que se puede leer completo AQUÍ). Y explica: “Sí, este fue un título atrapa misóginos. Y sirve para apuntar que, a la hora de referirnos a las otras, es más fácil insultar que mirar los posibles caminos de la sororidad”.

No la conozco personalmente, pero leo todo de ella, la sigo por sus redes sociales (@Landsmoder), porque como ella revela: también leo más a mujeres.

Escribe:

“Encontrarse

Dejé de leer hombres que escriben sobre mujeres y empecé a leer mujeres. Marosa Di Giorgio, Idea Vilariño, Gabriela Mistral, Djuna Barnes, Virginia Wolf, Marguerite Duras. Y me encontré. En ellas me sentí encontrada. Estas mujeres se preguntaron frente a la escritura -a mano o a mecanografía- lo mismo que yo me preguntaba. Se preguntaron frente a la vida -en la casa de los padres, la propia, la cocina, la calle- lo que yo me preguntaba por la vida. Y encontré mi lugar, no para tener una genealogía de mujeres que me convirtiera en alguienen alguna literatura, sino que me encontré en la vida”.

También tuve mi momento de encontrarme como periodista. Y empecé a leer solo a mujeres periodistas, para conocer cómo lo hacían, cómo conseguían superar todos los obstáculos a los que yo misma me enfrentaba. ¿Para qué iba a buscar de modelo de imitación a un hombre periodista si yo era mujer? Y así fue como miré primero a mi alrededor, en la redacción de un periódico donde trabajaba. Las reporteras de Barricada que investigaban sobre la guerra, la economía, las sociedad, la política: Sofía Montenegro, Mónica Zalaquett, Vilma Areas, Gabriela Selser, Lidia Hunter, María Alicia Talavera, Silvia Mayorga, Aleyda Donaire, Deena Abuloghood, Deborah Rob.

Dice Salamanca en su texto:

“No pelear con las feministas

Uso la palabra bruja en este texto porque muchas veces siento un conflicto entre el uso, el concepto en la historia y la representación de bruja. Sobre todo, con la representación que algunas de mis amigas feministas dan a ser bruja en fechas como el 8 de marzo o el 31 de octubre. Pero un día pensé: no puedo pasar mi vida peleando con las feministas, si ellas fueron las primeras en ponerse minifalda para demostrar que su cuerpo era suyo, no puedo pelear con otras mujeres si mis abuelas y mi madre me permitieron pensar, escribir, estudiar, viajar y convivir. No podemos pelear con otras mujeres si han sido ellas las que lucharon para que pudiéramos votar, ir a la escuela, a la universidad, aprender, estudiar, enseñar, divorciarnos si queríamos, no embarazarnos si queríamos, salir a la vida, vivir.  Nos ocupamos tanto en pelear que nos dispersamos y así no podemos acuerparnos, defendernos”.

También tuve mi despertar como mujer con derechos, empezando cuando escuché por primera vez la palabra feminismo. Vino de una profesora de la asignatura de Radio en la universidad. Su nombre lo escribo ahora pero léanlo en voz alta para que les entre la fuerza: Penélope Ann O`Donnell. Ella me hablo de ese movimiento social que luchaba por los derechos de todas las mujeres y dijo que habían muchas feministas en el mundo. Todo lo que me dijo fue un mundo nuevo y como lo contó como un cuento lo asimilé rápidamente. Y lo mejor: habló del patriarcado, como la estructura que sujetaba todas las desigualdades. Ah, me dije, no es que seamos así, sino que nos han educado así, a ellos y a nosotras.

Y aunque no he pertenecido a un grupo formal de feministas siempre me he considerado feminista y me trato como tal. Después vino el aplicar eso al periodismo: a mirar las noticias que protagonizan las mujeres, a no silenciarlas, a entrevistarlas, a celebrar cada cosa que hacen, a nombrarlas y nombrarlas bien. Y ya cuando hice mis estudios de doctorado en epistemología feminista le miré el esqueleto a la ciencia y descubrí a montones de científicas feministas por el mundo.

Nunca me he peleado con las feministas. Siempre celebro los 8 de marzo. Siento que las feministas me acuerpan. De hecho en cada mujer miro a una feminista se declare o no como tal. Y me emociono mucho cuando voto en elecciones, pues las recuerdo a aquellas que fueron apaleadas por exigir el derecho al voto de las mujeres. Y digo: gracias.

La poeta Elena Salamanca en su casa de México, con sus gatos.

La poeta salvadoreña Elena Salamanca, en su casa de México, con sus gatas. (Fotografía cedida por la autora para el blog 1001 trópicos).

Escribe Elena:

“Comprender a la madre

Creo que el camino más preciso, y más doloroso, a la sororidad es comprender a la madre. Hemos escrito y pensado sobre la madre sobre todo como institución y no como ser humano.

La mayoría de mis complejos, y los de mis amigas, vienen de lo que dijo la madre cuando era niña o adolescente. Vienen de la pared de vidrio que las familias colocan entre los roles, vienen de una tradición occidental en la que las mujeres han sido enseñadas para parir y no quejarse, para tener rabia, o para quererse pero, a pesar del inmenso amor, reprocharse”.

Sí, el reencuentro más lindo conmigo misma fue comprender a mi padre y a mi madre. Y sobre todo a ella y a mis tías, mis abuelas, bisabuelas, a toda la raíz matrilineal que me antecede. Descubrí que eran portadoras de toda la exclusión hacia las mujeres y conocí cuánto habían luchado para sobrevivir en medio de todo ese ninguneo horrible a sus talentos. Conocí cómo algunas que quisieron elevar su voz pública fueron tratadas como locas y cómo a otras consiguieron rendirlas. Al comprender a mi madre me acepté tal cual, y decidí que iba a hacer mía toda la fuerza de ellas, les pedí a mis ancestras que me miraran con cariño, como una de las suyas, pero en un tiempo nuevo y celebraran mis pasos, mi voz pública.

Sigue Salamanca:

“Caminar a la sororidad

Cuando era profesora universitaria conversaba con mis estudiantes para saber qué deseaban de la vida, qué querían hacer. Muchas de las niñas querían casarse y dedicarse al hogar después de terminar la universidad. No está mal casarse, ni ser madre, ni guiar un hogar, pero les pedía que se casaran por decisión propia y no de sus novios o sus papás. Antes hay que viajar solas, conocer el mundo, les decía. Un día, una de ellas me dijo: “Ya lo pensé, no me voy a casar el próximo año; antes, voy a viajar sola”.  Yo me sentí como Julia Roberts, en Mona Lisa smile, y pensé que había empoderado a una niña, de tantas, que cruzaban por las aulas”.

(…)

“Como dije, apenas he dado unos pasos en el camino a la sororidad. Cometo errores, soy impulsiva. Pero llegué aquí porque otras mujeres me guiaron. Sin Cecibel Romero, María Tenorio y Vanessa Núñez yo no habría entendido que era posible, que es posible transitar entre las demás”.

Cuando mi maestra en humanismo Penny O`Donnell me descubrió los entresijos del patriarcado con esa su notable capacidad de descripción que cultiva, ya desde el inicio supe que esto no iba de anti-hombres, sino machismo como un rasgo cultural patriarcal. Y cómo esa cultura había herido a las mujeres: es lo que conocemos como educación misógina, que es la principal herida que el patriarcado ha hecho a las mujeres.

Algunas mujeres me han tratado con misoginia. Compiten conmigo, no me nombran, me excluyen, quitan méritos, observan con desprecio algún rasgo físico mío. Conozco las manifestaciones patriarcales de las mujeres hacia otras mujeres. Algunas han encontrado en la sororidad -solidaridad, reconocimiento mutuo entre mujeres- una respuesta a ese fenómeno. Mi camino incluye la sororidad pero hago algo más: ofrezco una mirada comprensiva y una respuesta generosa.

Al final de su artículo (aquí) Elena Salmanca escribe:

“Lo fácil es pensarse, lo más difícil es no tener miedo de enunciarse”.

Muy cierto. Por eso: nombrate bien, narrate mejor, regalate las mejores palabras, predicate con generosidad, ayudá a las que vienen, abrazá a las anteriores. Así vas a poder nombrar, enunciar, predicar y reconocer a las demás. Todas ellas somos nosotras. Ella sos vos. Ella soy yo. Soy tú. Soy vos.

@1001tropicos

  1. Los hay, escritos en los que aprendo
    algo importante. Gracias!!

    Le gusta a 1 persona

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