Mildred Largaespada

El Tao de Erik Flakoll y Claribel Alegría

In Centroamérica, Narrativa, Periodismo, Política on 26 julio, 2015 at 12:20 am
Erik Flakoll y la poeta Claribel Alegría presentaron su libro Tao Te Ching, una traducción del chino clásico, en el Centro Cultural España, en Nicaragua.

Erik Flakoll y la poeta Claribel Alegría presentaron su libro Tao Te Ching, una traducción del chino clásico, en el Centro Cultural España, en Nicaragua.

El vacío es lo máximo. Lo he vivido. Y ahora lo estoy comprendiendo mejor, pues terminé de leer el Tao Te Ching, el libro que ha traducido del chino clásico Erik Flakoll y la poeta Claribel Alegría. Flakoll, mejor conocido en las calles de varios continentes como Daniel Alegría nos ofrece aquí el texto de su presentación del libro, que ya está a la venta en Amazon. Iba a escribir sobbre mi lectura del libro pero en el texto de Erik hay una vivencia personal, suya, y algo más que eso: podemos acercarnos a parte de la abundante biografía de uno de los mejores periodistas del mundo, un personaje sin igual. Y eso es un regalo. Aquí está:

Por Erik Flakoll

Quiero empezar por agradecer al Embajador de España, Rafael Garranzo y a su esposa Pilar por todo el apoyo que nos han dado. También a Eva de Luis que ha trabajado mucho para organizar este lanzamiento.

A mi amigo Fidel Moreira del Centro de Gobernabilidad Democrática quien imprimió esta edición de 100 ejemplares. Muchas gracias Fidel.

A mis amigos John Wyss, a Bea, Susan Bursey y a Ernesto Piñero quienes nos han alentado a hacer este lanzamiento y a la Cervecería Victoria que tan amablemente ha donado varias cajillas que sin duda todos disfrutaremos en unos momentos.

Algo que ustedes no saben es que una gran amiga mía, Elda Brizuela, hace muchos años, me bautizó con el apodo “Wabi Sabi”, un concepto estético japonés que más o menos significa la perfecta imperfección, lo impermanente, lo incompleto. Es decir, un jarrón de la Dinastía Ming, con una pequeña rajadura que ha dejado el paso del tiempo, es mejor que uno perfecto. Algo así. Pues resulta que nuestra amiga Lillian Leví, quién ha estado a quemándose las pestañas para corregir todas las errutas de mi descuidado escribir, hizo un trabajo de primera pero a la hora de mandar el texto a la imprenta, con eso de la premura y los nervios, mandé un archivo anterior que aún contiene algunas de mis “perlas”. Así que le agradezco a Lillian por todo el trabajo que hizo y le pido disculpas por la equivocación. No volverá a suceder, pero también creo que esta primera edición a lo Wabi Sabi tendrá un valor añadido irrepetible.

El Tao

Se dice que el Tao Te Ching (el camino y la virtud) fue escrito por Lao Tzu en el siglo VI antes de Cristo.

Igual que pasó con los libros de Homero algunos piensan que el Tao Te Ching es obra de varios filósofos y no de una sola persona. Sea como sea, esta obra de apenas cinco mil ideogramas, ha perdurado más de dos mil quinientos años y es una de las piezas filosóficas más importantes de China y del mundo.

Lao Tzu, cuyo verdadero nombre era Li-Erh, fue el encargado de los archivos imperiales. Fue contemporáneo de Confucio, pero cada cual tuvo su propia y diferente visión del mundo. Confucio predicaba la disciplina, el trabajo, la importancia de las jerarquías sociales y la veneración a los ancestros. Lao Tzu predicaba la filosofía del no hacer y la relación armónica de los hombres y las mujeres con la naturaleza.

Según la leyenda,  a la edad de ochenta años, disgustado al ver cómo se comportaban sus semejantes, desencantado de la inhabilidad inherente de los humanos para seguir el camino del bien, Lao Tzu salió por la puerta del Oeste, rumbo a lo que hoy es el Tíbet.  El guardián de la puerta lo convenció para que escribiera sus pensamientos antes de emprender el viaje eterno.

El Tao dice:

Quien sabe, no habla
Quienes hablan no saben…

¿Cómo podría yo entonces hablar de este libro?

Para no despeñarme desde la alta cumbre de mi ignorancia, me limitaré a decir lo que sé; lo que ha sido para mí el Tao, su arco tendido que tanto ha influido en mi vida.

A los 18 años dejé Mallorca para ir a estudiar a Londres. Tuve que volver a hacer exámenes de revalidación para entrar a la universidad a estudiar Física y luego Japonés y Chino Clásico. No fue fácil y tardé mucho en lograr graduarme.  Trabajaba en muchas cosas para sufragar mis gastos: Fui taxista, lava platos, mensajero en moto, hice mudanzas, cuidé de ancianos y un sin fin de menesteres pequeños pero necesarios.

En Londres conocí a mi maestro de Karate, Tatsuo Suzuki, quien había estudiado en un monasterio ubicado en las montañas del Norte del Japón. Fue muy severo y duro conmigo y para pagar las clases de Karate yo tenía que limpiar el Dojo todos los días. Eso me dio la oportunidad única de verlo a menudo y conocerlo bien. Desde el principio le hice saber que lo que más me interesaba del Karate era el camino, el Tao, el Zen y no solo el arte de pelear. Para qué se lo dije…

Pase 9 años estudiando con él y nunca jamás me habló del Zen ni nada que se le pareciera. Más bien, cada vez que había un campeonato me mandaba con el equipo a pelear, a lastimar y lastimarme, hasta que al final me convertí en un pasable karateka pero no en un buen saltamontes. Finalmente, en Agosto de 1979, fui con el equipo de Suzuki a los campeonatos mundiales de Tokio que se celebraron en el Budokan. Un sueño para cualquier karateka. Hicimos un buen papel allí y quedamos en tercer lugar. Cuando ya el equipo regresaba para Londres, mi plan era quedarme unas semanas más explorando Japón. Suzuki también se iba a quedar unos días más en Tokyo antes de regresar a Inglaterra y me dijo que me quería llevar al monasterio donde él había estudiado. Quería que yo conociera a su maestro, un gran honor… Sin embargo yo ya no estaba interesado en monasterios y prefería seguir caminando por Roppongi, tomando sake y comiendo udon y sushi. Pero no le podía decir que no.

Pase dos semanas horrorosas en el monasterio. Meditando catorce horas diarias, sin poder hablar con nadie y recibiendo golpes en el lomo si me movía de mi posición de loto, una posición que me hacía aullar de dolor al principio. Esa fue mi primera enseñanza Taoísta:

Quien nada desea entiende los misterios
quien siempre desea solo ve las huellas.

Cuando quería ir al monasterio no estaba listo, cuando ya no quería, lo pude entender mejor.

El no hacer

Otro concepto Taoísta es el Wu Wei, el no hacer. Esto no significa no hacer nada, más bien significa fluir con el universo, no ir a contrapelo y entender nuestro lugar en él, saber que somos pequeños y grandes a la vez, ser uno con nuestro entorno, entender los ciclos de la vida y la pugna de los contrarios. En vez de plantearse el dilema del ser humano contra la naturaleza, más bien es la armonía de hombres y mujeres con el universo.  Entender que lo frágil y suave es preferible a lo duro y fuerte.

Lo más suave en el mundo

supera lo más duro.

Lo que no hay cabe donde no hay espacio.

Por eso sé que el no hacer es provechoso.

Quienes enseñan sin palabras

y hacen sin hacer

son pocos.

Hay una leyenda que dice que un joven samurái, que nunca perdía un duelo que siembre vencía sus contrincantes, sabía que había un maestro que vivía en las montañas como un anacoreta y todos le decían que aunque él era bueno, el viejo era mejor.

No pudiendo soportar esto, se adentró en la montaña en búsqueda del viejo maestro y al final lo encontró.

—He oído decir que usted es el mejor y quiero aprender su técnica.

El maestro sin palabras lo invitó a sentarse y le ofreció té. Le sirvió té y la taza empezó a rebalsar.

—¡Pero no ve que la taza ya está llena! —le dijo el samurái.

—Así también está tu corazón y tu mente. No hay espacio en tí para aprender lo que te tengo que enseñar —le dijo el maestro.

El maestro invitó al samurái a ir al río. En el río el maestro plantó su espada desafilada y vieja en medio de la corriente, el samurái hizo lo mismo y esperaron hasta que dos hojas tocaran el filo de las espadas. La hoja que tocó la espada del samurái se partió en dos. La hoja que tocó la espada roma del maestro solo le dio la vuelta y siguió su curso rio abajo.

Esto es el no hacer, el estar en armonía con la naturaleza. Es mejor esquivar que pelear.

El valiente que se lanza

es de la muerte.

El valiente que se retiene, de la vida.

Entre estas dos actitudes hay una buena y una mala.

Al cielo no le agradan los que saben esto

y no lo practican.

El camino del cielo no lucha

pero logra la victoria.

Sin palabras, logra respuestas.

Sin convocar, todos acuden.

Despacio y en silencio teje su plan

y aunque su red es gruesa

nada se le escapa.

Rumbo a Tokio, parada de 33 años en Managua

En 1981 me gradué de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos y mis planes eran volver al Japón. Fui a Mallorca a despedirme de mis padres quienes acaban de regresar de Nicaragua y habían escrito Nicaragua: La Revolución Sandinista y estaban llenos de esperanzas y desbordaban de alegría por el triunfo de la revolución. Leí el manuscrito y algo de esa alegría se me pegó. Decidí pasar por Managua rumbo a Tokio para ver de qué se trataba esta revolución. Aquí también, por no saber decir que no, me metí a las Tropas Pablo Úbeda, tomé un seudónimo que aún me persigue y en un instante cambió mi vida. En vez de quedarme en Nicaragua por quince días me quedé treinta y tres años y nunca volví al monasterio.

Pensé que era mejor sumarme a la lucha de un pueblo que quería erradicar las desigualdades y alfabetizar a su gente que ir al monasterio y mejorar mi arte. No me arrepiento y aprendí mucho. Fui testigo de la derrota de la revolución sandinista en las urnas, la piñata, los acomodos, los gobiernos neo liberales, el retorno de lo que creíamos pasado. Ahora veo esto con cierta tristeza pero no es una situación única y algo podemos aprender de lo andado. Lao Tzu habló de ello cuando dijo:

Antaño

aquellos a quienes les gustaba gobernar

no trataban de iluminar al pueblo

mas bien

lo mantenían ignorante.

Un pueblo muy astuto

es difícil de gobernar.

Quien gobierna un país mediante la astucia

gobierna un país de ladrones.

Quien gobierna un país sin trampas

gobierna un país afortunado.

Conocer esto

es entender el principio del buen gobierno.

Conocer este principio

se llama la misteriosa Virtud

que es profunda y ancha

y consigue que todas las cosas retornen

a la armonía universal.

Traducir esta obra que he llevado a tuto toda mi vida me ha permitido cerrar un ciclo importante. Ahora vivo en Boston, de nuevo manejo un taxi y estoy sumido en viejos textos chinos. Parece que vuelvo al principio pero veo el ciclo de las  cosas a la luz de mis experiencias y las entiendo mejor.

Alcanzar el vacío es lo máximo.

Proteger la quietud es indispensable.

Todo florece por sí mismo

y puedo ver el ciclo.

Todo crece en abundancia

cada cosa vuelve a su raíz.

Volver al origen da tranquilidad

volver a la fuente es lo natural.

Entender esto es ser iluminado

no entenderlo, una calamidad.

Entender lo natural y eterno

nos hace tolerantes.

La tolerancia lleva a la justicia

la justicia a la nobleza

la nobleza al cielo

el cielo al Tao

y el Tao a la eternidad.

Aunque dejemos de existir

nunca desaparecemos.

Lo mejor que me ha dado este libro es la complicidad extrema con mi madre, he sentido el apoyo de mi padre a cada paso y no hubiese podido hacer nada de esto sin el apoyo de mi esposa Libby. A ellos tres es a quienes más agradezco por haberme dado la posibilidad de coronar este sueño de juventud y de siempre ir en pos de la felicidad.

Espero que este libro les abra tantas puertas como me las ha abierto a mí.

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