Mildred Largaespada

Virginia Woolf desde El Salvador

In Arte, Centroamérica, Cultura, Feminismo, Mujeres on 31 marzo, 2013 at 7:59 pm
Claudia Navas, sicóloga e intelectual salvadoreña, en una imagen reciente.

Claudia Navas, sicóloga e intelectual salvadoreña, en una imagen reciente.

Vas leyendo un libro y lo vas comentando, a solas o acompañada. Es un comportamiento cotidiano. Te gusta, no te gusta, por qué, cómo lo narra, las interpretaciones, personajes, detalles… la lectura a la luz de la actualidad. Esta vez hubo una conexión transoceánica mientras leía A room of one`s own (Un cuarto propio), de la escritora británica Virginia Woolf.

Leía en España y Claudia hacía lo mismo en El Salvador. Ambas lo hacíamos en inglés, para mejorar nuestro vocabulario.

Claudia Navas es una mujer salvadoreña, investigadora social, experta en estudios de género, sicóloga nutrida de la experiencia de trabajar a pie de calle (literalmente) con la población para ayudarles a reconstruir sus viviendas, organizar sus barrios, gestionar servicios básicos, fortalecer el tejido social comunitario. Una intelectual imprescindible que analiza la sociedad salvadoreña con tantos matices que le devuelve el color a un país casi siempre narrado en blanco y negro. Y dueña de una caligrafía exquisita.

Antes entramos en contacto cuando descubrimos nuestra afición a “leer” a El Salvador con la mirada de Ignacio Martín Baró, uno de los sacerdotes jesuitas asesinados, y quien sentó las bases teóricas de una escuela de sicología para Centroamérica y ofreció las claves para solucionar todos, todos los problemas actuales. Ella tuvo el honor de ser su alumna en las aulas universitarias de la UCA.

Esta vez nos encontramos con un libro de Virginia Woolf y nos carteamos, dibujando ella un aterrizaje de doña Virginia en El Salvador, que me resultó tan honesto como la misma Woolf. Le pregunté si podía reproducir su carta en el blog y estuvo de acuerdo. Claudia dice:

Estimadísima Mildred:

Permíteme dos palabras que surgen de esas dos felices coincidencias: primero, la de encontrarnos conectadas por el libro de Virginia Woolf, Un cuarto propio. Y segundo, haber buscado ese libro en su versión en inglés para mantener vivo ese idioma en nuestra memoria.

Empiezo contándote que suelo leer biografías de mujeres famosas y/o feministas en ese tipo de libros que sacan editoriales de bolsillo. Me parece una forma práctica de tener una mirada rápida sobre una congénere y, a partir de lo interesante de su historia, ir profundizando posteriormente en sus producciones.

Me impactó, de esta biografía de bolsillo enterarme que Virginia había tenido la valentía de decidir hasta cuándo quería vivir: no cualquiera, por enfermo que se sienta, se mete unas piedras en su abrigo y desaparece río adentro.  Me quito el sombrero…. Por cierto, debo trabajar un poco más en mí para conocer por qué el suicidio me resulta un acto tan sublime y poderoso. A lo mejor en otra de mis vidas anteriores, pude asumir y concretar ese poder.

Pero además de sentirme conmovida por su elección, también me conmovió una frase de su carta de despedida hacia su esposo: “Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can’t go on spoiling your life any Langer”. Todavía me conmueve. ¿Podés decirme, querida Mildred, qué mujer en este tiempo puede decirle a su esposo que todo la ha abandonado, menos la certeza de su bondad… acá, en Centroamérica, rodeada de machos latinos?

Elevo las manos al cielo pidiendo que haya una, o varias, aunque no las conozca, y que se trate de un acto de reconocimiento a una real bondad en su hombre, no como suele sucedernos, que alimentadas con migajas nos arrojamos al piso agradecidas y somos capaces de santificar al varón.

Pues siguiendo con Virginia, al leer su biografía se grabó en mi cabeza la idea de buscar el libro Un cuarto propio. Hay otro más que  me ha quedado sonando porque lo califican de muy bueno y de tendencia feminista, Tres guineas.  Este último, sólo por el nombre, no lo he leído aún, me recuerda las ideas iniciales de la Beauvoir cuando sostenía que la libertad de la mujer estaba en su monedero… en sus últimos años se retractó, por supuesto; y así vamos las mujeres, en la búsqueda de lo que nos hace libre, ayer empoderamiento, hoy autonomía.

Virginia Woolf. Photo by George Charles Beresford (1902)

Virginia Woolf. Photo by George Charles Beresford (1902)

Pero Un cuarto propio reivindica algo más que la libertad, o a lo mejor un paso previo: el poder contar con un espacio propio donde encontrarnos a nosotras mismas, una especie de útero desde el cuál crecer, emerger y sentirnos protegidas y seguras, tanto como para poder crear ficción.  Llevo unas cuantas páginas leídas, porque hay un poco de vocabulario nuevo. Pero también porque retomo varios de sus párrafos  – lo estoy leyendo en digital – y los pego en el traductor para oír la pronunciación en inglés.

Estas primeras páginas me integran a la piel de una mujer que recorre con suavidad las orillas de un paisaje dorado por el otoño,  con una calma que es solo aparente porque, efervescente de pensamientos,  va mezclando su reflexión sobre la tarea de escribir sobre las mueres y la ficción,   con lo que le va saliendo al paso: un bedel, una biblioteca,  una linda estancia, una comida, una poesía.

Su relato inicial me recuerda a un Serrat que hizo todo un precioso poema  para su amada a quien no deja de pensar, pero que, justo cuando quiere escribirle algo bueno, no se le ocurre nada.

Diez páginas después de haberlo iniciado, rescato del libro dos ideas fuertes, aun no desarrolladas  del todo en su argumento: las mujeres necesitan  SU dinero y SU espacio propio como condiciones de crecimiento. La otra idea, muy similar a la primera, aunque se extiende a mujeres y hombres: la comida (la cena, dice Virginia) es importantísima para una buena plática, para pensar bien, para amar bien.  Y me retorno con estas dos ideas a la gente nuestra que vi hace unas semanas cuando viajaba en el autobús, afanándose con las cargas de verdura en el mercado La Tiendona,  sin dinero, sin vivienda, sin comida. Y por supuesto, sin poesía.

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  1. Acabo de agregar “A room of one’s own” a mi lista “books to read”. Me encantó la carta de Claudia!

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