Mildred Largaespada

Un exiliado de Nicaragua

In Arte, BlogsNi, Centroamérica, Cultura, Migración on 5 septiembre, 2011 at 8:11 am

Una poesía que nació en el territorio poético de Nicaragua. Un poeta que nació como poeta en Nicaragua y que ahora vive en El Salvador. Son palabras que migraron y que cuando son escritas vuelven a la atmósfera donde vieron la luz por primera vez. Les presento este artículo de Miguel Huezo Mixco, escritor celebrado internacionalmente, donde narra su identidad poética nicaragüense y su experiencia como “exiliado”, escrito en exclusiva para el blog 1001 Trópicos.

Le acompaña en este post Iara Vega-Linhares, artista nica-brasilera que ahora vive en Suiza, y cuya producción emana lirismo. La fotografía que observan, tormentosa y poética, es parte de una serie de reciente producción. Con esta obra de Iara inauguramos una colaboración que deseamos permanente, con el blog 1001 Trópicos. Las obras de Iara Vega-Linhares pueden disfrutarlas en su página web.

Este post es parte de la participación en el Festival de Blogs de Nicaragua que se celebra estos días y 96 bitácoras están posteando sobre el tema del festival: la Migración.

Disfruten…

Concepción y Madera al regreso de San Juan del Sur. Film: Velvet. Mood: Cheap Lens. Frame: Scallop. Fotografía de Iara Vega-Linhares.

Un exiliado de Nicaragua

Por Miguel Huezo Mixco

Uno de esos sabios, cuyo nombre he olvidado, decía que hacer preguntas es prueba de que se piensa. La verdad, no estoy tan seguro. ¿Qué pasa en el mundo? No quiero ni pensarlo. ¿Qué pasa en Nicaragua?

Sigo con estupor y sorpresa los eventos de ese país al que yo mismo he adoptado como mi Patria, o Matria, poética. Desde luego, Nicaragua lo ignora. Lo ignoran también sus poetas, mis parientes cantores. Cuando me preguntan de donde soy respondo que nací no muy lejos de Nicaragua. Si me preguntaran, respondería que no, no quiero ser hijo de Nicaragua. Quiero ser solo su amante, acostarme con ella cuando pueda, porque los poetas son los mejores amantes del mundo, sobre todo cuando estamos despechados.

Un día me supe poeta. Bajé al infierno para enfrentar a mis monstruos, a mis padres y madres literarios, para matarlos con alegría, sin rencor. En El Salvador no encontré a quien matar. Mi larga adolescencia me la pasé buscando a quien derribar del pedestal. El azar me llevó hasta un poema. Leí: “Dejadlo todo, ya. Dejadlo todo. Parece que vamos a perder el tren, que llegaremos tarde al naufragio que nos corresponde”. El poeta se llamaba Joaquín Pasos.

Para quienes no lo conocen, debo decirles que este breve y estremecedor poema es capaz de cautivar el alma de un joven destinado al sacrificio y a la incertidumbre. Así fue. Lo hice mío. Agarrado de su manga entré apresurado a la poesía de Nicaragua. Allí encontré mis monstruos. No eran Rimbaud, Pavese, Seferis o Cendrars, sino un puñado de viejos profundamente conservadores, a ratos antiburgueses y a ratos antidemocráticos. Los devoré, uno a uno, tronco, cabeza y extremidades. Cuando tengo preguntas. Cuando me falta la inspiración. Cuando quiero robar un verso. Cuando siento que la poesía me abandona. A ellos vuelvo.

En 1979, con la Revolución sandinista, sentí el llamado del rayo. Llegué a Managua en 1981. La vida corría frenética. Muchedumbres. Y en las esquinas, banderas. Rojinegras, como la enseña de la tropa de Sandino, como el pendón de los anarcos españoles. En el borde de la fosa volcánica donde espejea la laguneta de Tiscapa, se erguía la inmensa silueta de Sandino. El drama de este hombre condensa en una ráfaga negra la historia de Nicaragua.

Viví pobremente y feliz. Miré en los ojos de mi amante el cielo azul de Nicaragua. Azul, inmensamente azul. Le dije que no podía quedarme. El rayo me estaba llamando. Hice mi peregrinación a la tumba de Darío. No tuve tiempo de escupir sobre sus restos. En la yerma tierra centroamericana, Rubén es una mancha de verdor –del fosforescente verdor del pasto a orillas del Cocibolca. Pero el destino, o la voluntad de mis jefes, me reclamaban para hacerme cargo de mi naufragio.

Rubén Darío dejó dicho que la poesía es purificación, y quien entre en ella debe hacerlo desnudo. Así regresé a El Salvador, desnudo, pobre de solemnidad, acosado por el miedo. Aunque ya no estoy tan seguro de que sus palabras sean verdaderas, no me importa. Camino en hombros de gigantes: Pasos, Carlos Martínez Rivas, Pablo Antonio Cuadra… Mis parientes cantores. Una noche, extraviado en el humeante cráter del volcán Masaya hice mis votos. Me volví nicaragüense para siempre (luego me haría ciudadano de un ínfimo pueblito enclavado en medio de las montañas de Chalatenango).

Desde entonces, exiliado de mi Patria poética, vivo con la certeza de que he llegado a tiempo al naufragio que me corresponde. Soy el poeta nicaragüense que nadie sabe que existe. Sin papeles ni lugar de residencia. Pero allá están escritos los nombres de mis muertes, mi corazón inundado de sombras, de ceniza, de ilusiones, de lágrimas tontas.

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  1. También exiliada de mi Matria, me apropié, ojos cerrados y apretando lágrimas, de las saudades de Miguel por Nicaragua …

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  2. bellísimo!!!! me conmovió hasta el fondo, yo nací en Nicargua, pero me arrancaron de ahi temprano y sin preguntar, pero no me la arranco del alma, entiendo tu sentir, maravilloso escrito 🙂

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  3. Gracias Mildred por enseñarnos el caminito a tu rinconcito, tu planeta hermoso donde uno puede pasar horas navegando en aguas de letras hermosas y flotando en pensamientos divinos. Bello escrito de Miguel Huezo Mixco e impresionante foto de Iara Vega-Linhares. Saludos, encantada de conocerte gracias al festival de blogs.

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  4. ¡Viste! Es lindo el texto de Miguel Huezo Mixco, y la fotografía de Iara Vega-Linhares es espectacular. Me siento muy honrada de tenerles a los dos en el blog como invitados especialísimos.

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  5. Hermoso testimonio. Me gustó eso: exiliado de ‘Mi Patria poética’, porque aunque lejos es el lugar que le inspira.

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