Mildred Largaespada

Los cuentos del Negro Bravo

In Arte, Centroamérica on 8 mayo, 2011 at 3:30 pm

Por Mildred Largaespada

He vuelto. Viajé por el mundo literario del escritor Alejandro Bravo y me viví personaje de cuento –ya les diré cuál- en las páginas de su más reciente libro Baile con el diablo y otros cuentos, publicado en Nicaragua por el Centro Nicaragüense de Escritores (CNE). Bravo, mejor conocido en el mundo mundial como El Negro Bravo, o más archiconocido como El Pueta Bravo.

Nicaragua tiene sus asuntos particularísimos, a los poetas se les dice pueta con “u”. Es una certificación de calidad que otorga la gente del pueblo. A los poetas les dicen poetas, y a los poetas con P mayúscula les dicen pueta con u.

Las historias contadas por el pueta Bravo en este libro son sabrosas. Sabrosas de leer, y de comer, pues un buen número de cuentos se refiere a la comida, a lo que la gente hace con la comida, al cómo cocinar ciertos platos. También son historias con gran sentido del humor. Y son textos con una riqueza descriptiva del quehacer de la gente, los personajes, ese quehacer que algunos llaman costumbres. El libro así pertenece a lo mejor de la tradición del cuento nica.

Me gusta la variedad de escenarios en los que ocurren las narraciones, las calles, cantinas, Granada (el escritor nació allí), Managua, la Costa Caribe, otras ciudades, otros países, descritos con detalles cotidianos, y también el más acá, el pasado del cuento que más me ha gustado. (Sigue…)

Es impresionante la capacidad del autor para crear personajes, unos ficticios, unos reales, con esa tendencia que hay en Nicaragua de meter a la gente real como personaje de cuento y de novela, con el agravante o beneficio de que cuando les llegás a conocer (a los personajes reales ya salidos del cuento) nunca les podés tratar como lo que son de verdad sino como se los imaginó el autor y la autora que les inmortalizó en tinta y papel.

Hay en el libro cuentos fascinantes, como el que da título a la obra: Baile con el diablo, ambientado en Granada y en la bohemia. Hay un cuento que es un extraordinario guión de película de cine –El Juego de Pelota-, que si lo ha sabido Hollywood a tiempo se habrían ahorrado el hacer el ridículo con Apocalypto. Ese cuento, sobre el jugador de pelota maya, que es riquísimo en detalles históricos (reales e imaginados) tiene el halo de querer ser novela.Portada del libro de Alejandro Bravo.

Hay varios cuentos extraordinarios sobre comidas, les comento tres en particular: uno sobre el vigorón titulado La fuerza de los esclavos; La gloria del rice and beans, que es la historia sobre el nacimiento del gallopinto y El alimento de los dioses, que es el cuento que me raptó a su interior desde las primeras palabras con la fuerza que sólo la buena escritura es capaz de ejercer para raptar a la lectora dentro del escenario de danzantes indígenas que han comido indio viejo, aderezado con carne humana.

Para mí, que este libro de Alejandro Bravo le ha hecho el trabajo fácil a los y las cineastas nicaragüenses, ofreciéndoles historias dignas de película. Quizá de ahí su fama, pues Alejandro Bravo goza de un reconocimiento en el que se menciona su capacidad para narrar ambiente del estilo “me parece que lo estoy viendo”.

Tiene el escritor la habilidad de narrar y la de hablar. Se le conoce como un gran hablador, en pláticas de trabajo y de ocio suelta su talento narrando con maestría las especificidades técnicas más grises, y mejorando noches de tertulias entre amistades con chispeantes notas literarias.

El escritor nació en Granada, en noviembre del 57. Estudió Derecho, tiene 3 hijos y una nieta. Es un hombre enamorado, revela. Y se define a sí mismo como poeta y narrador. Habrá que añadirle, cocinero, pues el pueta maneja muy bien las artes culinarias. Alejandro Bravo vive en El Salvador, con estancias largas en Guatemala y Nicaragua.

Nunca podrá el pueblo nicaragüense rendir sus respetos, como se merece,  a la cooperación económica que el gobierno de Noruega ha brindado a la literatura nicaragüense, pues gracias al Programa de Apoyo a la Cultura Nicaragüense han visto la luz valiosas obras de artistas de distintas edades, generaciones. Esta obra de Alejandro Bravo ha sido publicada gracias a este fondo, y por eso el precio se torna accesible para el público en general.

No he querido hacer una crítica literaria del libro de cuentos, porque eso les corresponde a otras personas mucho mejor formadas y documentadas para tal oficio. He querido ser sincera con mi propio placer de lectora: todos son cuentos que proveen la atmósfera de ese fascinante fenómeno de no querer dejar de leerlos, no querer que se acaben, el de empezar a leer y sentir que algo te hace estar ahí dentro de la historia, el de saber que estás leyendo un buen cuento, el hecho real de que la historia se queda con vos como si fuera real.

He vuelto, dije antes, del cuento que narra el alimento de los dioses. No estoy tan segura. Me parece que sigo ahí.

Aquí, uno de los cuentos de Alejandro Bravo:

El alimento

de los dioses

Alejandro Bravo

Estaba trabajando para el Instituto de Historia de Nicaragua y Centro América en una investigación sobre historia de las mentalidades colectivas. Un enorme y ambicioso trabajo sobre tradición y cultura en los últimos dos siglos en la vida de Nicaragua. Había entrado al grupo de investigadores por recomendación de la propia directora del Instituto, Margarita Vanini a quien le gustaban los cuentos históricos que había escrito.

Muy seria la directora del proyecto me toleraba las faltas al cronograma de trabajo por la calidad de mi prosa narrativa, lo vívido de mis relatos sobre cocina regional, la sabrosa descripción que hacía de manjares y sabores, la precisión descriptiva de las recetas hacían que la señora Kinloch me perdonara cuando me arrojaba a sus pies jurando que no volvería a fallar y en ese momento le entregaba las páginas que se suponía debía de haberle entregado quince días antes.

Modestia aparte, el ensayo que escribí sobre el Gallo Pinto y su influencia en la dieta nicaragüense del siglo XX me había quedado bastante bien. No las voy a comparar con “Elogio de la cocina nicaragüense” de José Coronel Urtecho, pero la cosa mía estaba bien escrita y daba gusto leerla.

La doctora Kinloch revisó mi texto sobre la fritura en la vida nacional. Aquellas páginas rezumaban manteca. Se describían gigantescos peroles de hierro donde chirriaban las grandes tiras de piel de cerdo nadando en la manteca hirviendo, girando sobre sí mismas, encogiéndose, dorándose, exhalando aromas, convirtiéndose en chicharrones, mientras la manteca chisporrotea como lava de volcán en erupción. Había un recuento del viaje de las matas de banano y sus primos cercanos, los plátanos y los guineos, desde el África hasta su primera parada en las Antillas, desde allí hasta nuestra tierra y luego a brincar en la manteca hirviente de las consabidas perolas de hierro para acompañar en forma de tajadas fritas a una bien asada tira de carne de res previamente marinada  en jugo de naranjagria con cebolla y chiltoma.

El grupo de investigadores era grande y variopinto. Un español algo calvo dirigía la parte de historia económica. Trabajador compulsivo, super-serio causó a todos extrañeza su amistad con el poeta nicaragüense Alejandro Bravo. El sevillano era implacable con el grupo que tenía la desgracia de sufrirlo. Ostentaba sin pretensiones un título de doctor de la London School of  Economics. Antonio Acosta se llamaba.

Otro equipo que indagaba sobre el pensamiento mágico era liderado por el ponderado sacerdote jesuita Álvaro Arguello. Allí tuvo la dicha de quedar ubicado el Hijo Dilecto de Nindirí, Miguel Ángel Herrera, quien al graduarse como Doctor en Historia en Heredia, Costa Rica, fue recibido en su pueblo con una banda de filarmónicos, cohetes al aire y fue declarado día de asueto local el exacto día de su graduación.

La doctora Kinloch me encargó mi nueva tarea: El Indio Viejo en las fiestas patronales de los pueblos de la  meseta de Carazo. Arrugué la cara. No es que no me agrade el sabor de ese plato típico. Es que me recuerda unas 24 horas que pasé detenido con los actores del Teatro Estudio Universitario en una cárcel somocista en Diriamba. Lo único que comimos fue Indio Viejo que nos regaló una señora que pagaba una promesa dando de comer a los presos y se enfrentó a los guardias que no querían que a nosotros se nos alimentara. No tuve más remedio que tragarme los recuerdos y hacer un listado mental de los pueblos de la meseta de Carazo y del santo patrono de cada quien. Allí encontré a la Santísima Trinidad, a María la Virgen, a dos apóstoles, dos evangelistas, un centurión romano mártir de la fe. Nada tenían en común que justificara la repartidera gratuita de Indio Viejo en la fiesta popular.

Traté de atar entonces cada una de las fiestas con una fecha importante en el calendario agrícola. Vincular la celebración de San Sebastián en Diriamba a fines de enero con la recolección de la cosecha de café. En un primer momento la cosa parecía tener sentido, la repartidera de Indio Viejo podía ser interpretada como un estímulo a los cortadores del grano. Luego me percaté que el café tiene apenas 150 años de haber sido introducido en el agro nicaragüense y la festividad del santo atravesado de flechas contabilizaba más de trescientos años.

Pensé entonces que algún vínculo debía de haber existir entre la comida y el drama bailete de la época colonial  con el que ahora identifican al nicaragüense, el Indio Viejo y el Güegüense, puesto que güegüe significa viejo en el habla de los nahoas que poblaron partes de Nicaragua, pero la repartidera de Indio Viejo bailaba en la fiesta popular mucho antes que los bailarines disfrazados de macho-ratón, de españoles, de indios se saludaran al son de chirimías y tambores “Matateco Dio Mispiales, Señor Gobernador Tastuanes,  Matateco Dio Mispiales Güegüense”.

Me paseé por toda la meseta de Carazo. Acompañé a los promesantes que dedican una alborada a una pequeña imagen de Santiago por un favor recibido y van al santito toda una temporada por la zona rural de Jinotepe, tomé chicha fuerte con los bailantes de San Juan de Oriente que se baten a palos teniendo como juez del duelo a un tipo montado en una yeguita de madera, me junté con los actores de la Judea de Niquinohomo con quienes aprendí los parlamentos del diablo que tienta a Jesús en el desierto. Todo para acercarme a las claves del Indio Viejo.

Picadillo en Diriamba, guiso de fiesta en Jinotepe, masa de cazuela en Masatepe. Es la misma receta con diferentes matices. Básicamente es masa de maíz sofrita en manteca de cerdo, plena de achiote con carne de res desmenuzada.  En un lado la carne desmenuzada se sofríe con cebolla y chiltoma antes de revolverla con la masa, en otro pueblo la carne simplemente se cuece y desmenuza y la masa de maíz es la que está plena de sabores. En otro pueblo se le agrega queso rallado a la masa. En una parte la masa se hace con tortilla remojada, en otro la masa se prepara especialmente. Siempre están presentes el achiote y la manteca de cerdo.

La receta indica que es un plato nacido de la colonia. La carne de res y la manteca de cerdo son ingredientes introducidos a nuestra mesa por Pedrarias Dávila, el primer dictador de Nicaragua, padre y abuelo de todos los dictadores habidos y por haber. El maíz y el achiote representan el lado indígena de la comida.

Sobre algún plato indígena se tuvo que haber montado el Indio Viejo. Indagué en la obra de Jaime Wheelock Román “La Comida Nicaragüense” pero no tuve ninguna luz sobre el tema.

Comiendo y bailando en las fiestas de los pueblos de la meseta de Carazo, tuve la referencia del libro del padre Garibay sobre la religión de los nicaraguas. Leyendo al sabio mexicano me asombré con la entrevista que le hiciera el frayle Bobadilla, por órdenes de Pedrarias a uno de los sacerdotes principales de los indígenas. Preguntó el frayle al sacerdote si practicaban sacrificios humanos y el otro le respondió que sí, como una ofrenda a los dioses. Preguntó el frayle que si se comían a los sacrificados y el indio le contestó que sí. Preguntó el frayle que para qué se comían a la gente, a lo que el anciano indio le respondió que ellos no se comían a la gente, que en el momento del sacrificio los escogidos para ese instante sagrado se convertían en el dios al que se dedicaba el sacrificio, agregó que ellos se comían a sus dioses, exactamente como los cristianos se comían al suyo, representado en un trozo de pan en el momento supremo de la misa.

Le dijeron a este Bobadilla, frayle mercedario, al ser preguntado el indio cómo se comían la carne humana: “Haçesele el cuerpo  pequeños pedaços, e aquellos echánse a coçer  en ollas grandes, e allí échase sal e axí é lo que es menester para guisarlo…y esta es la ceremonia en       que tenemos que comer aquesta carne la cual nos sabe como de pavos, o puerco o xulo…”

Allí podía estar la clave de todo. La raíz del Indio Viejo era la comida ceremonial  que se servía en la Nicaragua pre-hispánica, después del sacrificio de personas escogidas a los dioses. Luego la colonia cambió la carne de la receta, le agregó algunos condimentos, pero conservó el carácter ceremonial del banquete,  su espíritu de cohesión de la comunidad.

Le planteé mi teoría al poeta Carlos Alemán Ocampo, sabedor de muchas cosas antiguas y estuvo de acuerdo conmigo. Me mandó a Diriá, su pueblo, la zona de descanso del Güegüense luego que el viejo taimado   viajara hasta Oaxaca vendiendo y comprando sin pagar impuestos ni al Capitán Algualcil Mayor, ni al Gobernador Tastuanes ni a autoridad alguna. Me dijo el poeta que debía “sentir” al Indio Viejo, pero que eso no lo lograría hasta que me preparara espiritualmente para ello. La chicha bruja de Diría bebida adecuadamente  de previo  a la orgía colectiva, en tranquilidad con amigos cercanos  me crearía el ambiente adecuado. No sé por qué le creí, si Carlos es el creador de Alfonso Palomino, el casanova del mercado Oriental, de las mentiras de Juan Parado tan mentiroso como el sancarleño Juan Ríos, más mentiroso que el granadino Menocal y más malo que Pedro Urdemales.

Fui a Diriá a buscar a Denis Ortega, un viejo amigo y éste me llevó dónde se hace la chicha bruja. El 20 de enero, día de la fiesta de San Sebastián caía ese año en jueves. Faltaban diez días para esa fecha y quince para que se me venciera el plazo de entrega de mi trabajo. Nada escrito tenía, apenas unas notas inconexas tomadas en los diferentes pueblos por los que anduve indagando, algo de bibliografía y mucho más de comida y jolgorio.

Denis habló por mi. La señora se mostró reacia a hacer chicha por encargo y la pinta mía no ayudaba a convencerla, con bluyines desteñidos, largo el pelo, camiseta negra con la leyenda “los políticos me valen verga”, no calzaba con la imagen de un historiador que anda tras la pista de las mentalidades colectivas. Denis invocó la amistad de su padre, que fue alcalde, con la señora y esa invocación resultó mágica. La mujer me prepararía para el día 20, ocho guacalitos de chicha bruja por un valor de cien córdobas. Le pregunté cuánto era eso en litros y no me supo responder, pues no conocía otra medida para expender la chicha que esos pequeños vasos vegetales, hechos de  frutos del jícaro sabanero cortados por la mitad y tan bien lijados que tenían un color blanco marfileño.

Denis me quedó viendo con asombro. Cuando salimos de la pobre vivienda de la mujer me dijo que era un exagerado, con cuatro guacalitos tenés suficiente para ponerte sabroso. ¿Qué pasa si me bebo los ocho? Vas a ver a Dios, me dijo en tono de burla.

El día señalado llegué a Diriá con unos amigos. Los había entororotado prometiéndoles un gran bacanal en la fiesta diriambina. Faltaron unos a su trabajo, otro a sus clases. Me vieron como loco cuando les conté la misión que me traía a Diriá. Ninguno quiso probar la chicha bruja. Eran como las diez de la mañana cuando me tomé el primer guacalito. Como la mitad de una botella de cerveza cabía en el blanco vaso vegetal. La chicha era fuerte, pero no más fuerte que otras que ya había bebido. Además de maíz llevaba ciertos ingredientes que la señora no me quiso revelar.

En Diriá me tomé cuatro guacalitos y el resto me lo colocaron en una botella plástica que una vez de Coca-Cola fuera. Todos hicimos el chiste, de envase de veneno a llevar el agua  de la vida. Con los cuatro guacales entre pecho y espalda me invadió una sensación de bienestar. El mundo se me antojaba un bello lugar para vivir, sin problemas para nadie, menos para mí que no tenía página alguna de mi trabajo escrita pero me sentía capaz de inventar las más grandes historias a partir del Indio Viejo.

Llegamos a Diriamba cerca del mediodía. El primer problema fue buscar un sitio donde aparcar el vehículo. Todas las calles estaban llenas de gente, de jinetes montando sus caballos de raza, por dónde buscamos encontrábamos las aceras llenas de gente sentada a las puertas de sus casas esperando horas tras horas para ver pasar la procesión. Logramos dejar el carro en un potrero en las afueras de la ciudad, en la carretera que lleva al mar. Para no cargar con nada me empiné la botella plástica y me tomé lo que quedaba de la chicha bruja en un solo largo trago.

La ciudad estaba como a un kilómetro de distancia. El camino era una subida algo pronunciada, rápidamente empecé a jadear. Hasta allí había aglomeración de gente y caballistas mostrando sus habilidades. Los colores de todo de pronto me parecieron más vívidos. Al llegar a las primeras casa de Diriamba un chisperío se me atravesó en la visión. Lo atribuí al cansancio de la subida. Vimos de lejos la procesión. Las imágenes de los tres santos entre humos de incienso y la pólvora de los morteros y cohetes quemados. San Sebastián atado a un poste retorciéndose de dolor por los flechazos recibidos, como dueño de la fiesta ocupaba el lugar principal de los tres. Era seguido en las calles estrechas por Santiago, patrono de Jinotepe, no la figura del matamoros caballero en blanco corcel blandiendo filosa espada, sino la del peregrino que recorre la ruta de Compostela apoyado en un cayado, San Marcos, patrono de San Marcos cierra la procesión. Caminamos entre el gentillal buscando acercarnos a los santos. Un arcoiris invadió mi campo visual, cuando recuperé la normalidad de la visión mis amigos no estaban. La gente me pareció distinta de la que encontramos a la llegada a Diriamba, puros indios, la música de los filarmónicos que marchan detrás de los santos se había apagado y solo se oían  chirimías y tambores.

Diriamba había cambiado de aspecto. La larga fila de casas de piedra-cantera que forman la cuadra había desaparecido, la calle pavimentada había desaparecido, los zapatos de la gente habían desaparecido. Marchaba entre indios silenciosos tocados de plumas que seguían a un mancebo sentado en unas andas y que reemplazó  en la procesión a la figura de San Sebastián. El joven llevaba un collar de jade y oro como adorno en el pecho, las manos las llevaba cruzadas sobre el collar, ajorcas de jade y oro llevaba en los tobillos y un penacho de plumas de guacamayo en su cabeza remarcaban las finas facciones de su rostro. La mirada del joven era de una serenidad que asombraba.

Ninguno de los que marchaban en la procesión pareció darse cuenta de mi presencia. Caminaron como un kilómetro entre ranchos y guayacanes centenarios. Llegamos hasta una pirámide escalonada no muy alta, orchilobos,  le oí decir a uno de los que estaban cerca de mí. Pusieron las andas en el suelo y el joven descendió de ellas con aire de gran señor y subió las gradas de la pirámide. Allí, con todo respeto fue despojado de sus adornos y se paró delante de varios sacerdotes.  Estos extendieron arcos y lanzaron sus flechas al joven, cuando éste fue alcanzado por los proyectiles y se retorció del dolor el pueblo lanzó gritos que me parecieron cantos ceremoniales. En lo alto de la pirámide sonaron pitos y tambores y bailaron varios sacerdotes mientras dos de ellos colocaron el cuerpo muerto del joven sobre un altar de piedra, cortaron su cabeza con cuchillo de filosa obsidiana y la clavaron en una estaca, mientras otros tomaban guacales en los que habían recogido su sangre y la esparcieron sobre varios de los ídolos que se encontraban en la cúspide del adoratorio. El que parecía ser el sumo sacerdote apareció con el corazón del muerto y lo mostró al pueblo quien inició un frenético danzar. Me percaté que en varios puntos cercanos a la pirámide estaban repartiendo algo. Me acerqué y vi que era chicha bruja, como la que yo había bebido en Diriá. También pude ver que el cuerpo del joven lo estaban cortando en trozos pequeños y los estaban sancochando con achiote, ají, chiltomas, tomates y tenían una gran cantidad de masa de maíz lista para revolverla con la carne del joven muerto, una vez que ésta estuviera cocinada.

La molotera me acercó a uno de los lugares donde estaban repartiendo la chicha y tomé mi guacal imitando el recogimiento con  que los indios se tomaban el licor. Las indias iniciaron una danza, que pronto se convirtió en algo colectivo, areyto le oì decir a uno de los que estaban cerca de mí. Cuando la comida estuvo lista, tañeron caracolas desde lo alto del orchilobos y los indios ordenadamente hicieron fila en varios lugares al pie del oratorio.

Cuando me llegó el turno de tomar la hoja de almendro en que me sirvieron la comida me encontré de nuevo en la Diriamba de San Sebastián recibiendo mi ración gratuita de picadillo. Clase de alucín el que te tenías me dijo el Peludo. El Chino y Control se reían de mí mientras devoraban la ración de picadillo que les sirvieran las patronas bajo la dirección del mayordomo de la fiesta. Tomé mi comida y cuando di el primer bocado comprendí que bajo el ropaje cristiano, lo que estábamos viviendo era el areyto de los  nahoas de Nicaragua. Que en el Indio Viejo viven aún los  sacrificados convertidos en los dioses  antiguos. Que allí están para darle fuerza al pueblo pobre, para darle esperanza entre tantos terremotos, huracanes, sequías, intervenciones militares extranjeras, dictadores y dictaduras familiares, pactos y componendas políticas, constituciones hechas a la medida de los que abusan del poder, saqueo del erario público, guerras civiles, sumisión a los dictados extranjeros. Que los dioses transformados en alimento, en esa masa, simbolizan el poder de la masa humana que canta y baila entre tantas amarguras que algún día se levantará por encima de todo para convertirse en verdaderos dioses, dueños de destino.

Me  comí mi ración de Indio Viejo y me fui a sentar a una cantina con los bróderes. Tal vez los tragos me ayudan a ordenar las ideas de lo que tengo que poner en el trabajo para que no me corran del pegue. © Alejandro Bravo.

Anuncios
  1. […] (Para leer más de Alejandro Bravo, entrar aquí: Los cuentos del Negro Bravo) […]

    Me gusta

  2. Ay Mildred, qué cuento más bonito, de gran factura literaria. Yo conocía al escritor por poeta no sabía que era un narrador consagrado. Gracias por publicar el cuento, pensé que no iba a tener tiempo para leerlo pero me atrapó.

    Me gusta

  3. Gracias, excelente relato, me tengo que conseguir una de esas camisetas.

    Me gusta

Comentá (se puede usar cualquier perfil de tus redes sociales)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: